Sunday, May 13, 2012
Tuesday, April 24, 2012
La mujer del dueño
Los cincuenta me pegaron tanto que estuve un año paralizada sin saber si mandar todo a la mierda, tapar la angustia con comida, hacer un viaje sola o insistirle a mi hija mayor para que se case y así organizarle la fiesta.
Antes de empezar con el negocio editorial, Daniel trabajaba en un banco. No viajaba, venía temprano a casa y siempre estaba preocupado por cómo íbamos a hacer para llegar a fin de mes.
Matías, mi hijo del medio, tiene el nombre de Daniel y el mío tatuados en la pierna. Se hizo el tatuaje después de que los médicos lograran salvársela. Se lesionó jugando al fútbol y había que operarle la pierna. Iba a ser una pavada, pero todo se fue complicando y casi se la tienen que amputar. Él tenía diecisiete años y yo recién me enteraba de que estaba embarazada de Verónica, la menor.
Creo que a partir de ahí es que me volví tan sobreprotectora. Y como no quiero que a mis hijos les falte nada, también cuido mucho la plata. Ayer, una de las correctoras imprimió cosas personales y me lo negó. La hubiese cacheteado. Qué se piensa la tarada. Esa plata es mía, de Daniel, de mis hijos. Encima se vive equivocando, pone mal las fichas técnicas, me discute cuando le digo que el café no se tira, se recalienta. Los empleados rebeldes no sirven y Daniel parece estar sordo cuando le digo qué es lo que nos conviene.
Por eso me gustó de entrada el contador de la empresa. Siempre nos dio ideas brillantes para optimizar los costos.
Estoy al frente del área de producción, me casé, tuve hijos, le sigo gustando a los hombres. El encargado de prensa me mira. Es atractivo, mucho más joven que yo. Si hago así, lo tengo en mi cama, pero no, se daría cuenta de que no tuve la misma suerte que mi hijo. A mí sí me amputaron. Con que lo sepan Daniel y Marcelo ya es suficiente.
La mayor, Gimena, es mi hija preferida. Cuando era chica no podía ser más linda. Hasta ganó varios concursos de belleza. Está un poco ancha de caderas, pero sigue siendo bellísima. También es la preferida de Daniel. Es rídiculo que me ponga celosa, es mi hija.
Lo que más me gusta es el sexo oral. Tal vez para llevarle la contra a Daniel que se dedica a lo escrito. Cuando se la chupaba a Marcelo, sentía a Daniel que me decía "no tragues", "no tragues". Entonces yo me tragaba todo. Después me bañaba y llegaba limpia a casa, pero por dentro no.
Si él me engañó alguna vez, creo que sí, varias. Igualmente, nunca me pareció importante mientras quisiera a mis hijos, mantuviera la empresa y pasara tiempo con nosotros.
Aprendí a vivir anestasiada. Así que no es extraño que no me produzca nada que hoy hayan echado al contador. Tampoco me produce nada que Daniel se haya enterado. Todo eso que quise, que echaran a Marcelo y que Daniel se enterara, no me produce nada. Ni siquiera me conmueve ver a Verónica en la puerta de casa con unas valijas casi tan grandes como su pequeño cuerpo.
Cuándo, cómo, por qué. No lo sé. Pero a mí me amputaron algo.
Wednesday, April 18, 2012
El jinete sin caballo
Estuvimos conversando un buen rato, hasta que llegaron sus amigos y le dijeron que ya era tarde, que se tenían que ir. Me pareció más niño que viejo, más poeta que loco, pero también me pareció viejo y loco. Habló del accidente de avión en el que murieron sus padres cuando él tenía cinco meses, del sitio de apuestas online con el que se hubiese vuelto millonario si no lo hubieran estafado, en fin, de esos temas recurrentes que marcaron su vida y aparecen en muchas de las entrevistas que le hicieron y en casi todas las notas escritas tras su muerte. Si bien durante la conversación traté de no mirarle los dientes, cuando llegó a la parte del caballo, me quedé con los ojos fijos en su boca. Porque cuando murieron mis padres me tocó vivir un tiempo con unos primos que me golpeaban, me torturaban, me trataban mal. Y sin embargo, lo amaba. Al que más me torturaba, lo amaba. Tendrías que haberlo visto andar a caballo. El animal corría y mi primo, montado sobre el pelo del caballo, de golpe se ponía de pie. Entonces, corría más fuerte y mi primo seguía sin caerse. El caballo le tenía miedo. Yo también. No por las cosas que me hacía, me daba miedo ese desparpajo de vida, la vida furiosa que era mi primo. Tendrías que haberlo visto parado sobre el lomo del caballo, sin sujetarse de nada. Vicente, el único capaz de resistir la vida furiosa que es su poesía, corrió enloquecido hasta caer. Pero a ese jinete lúcido, poderoso, que iba parado sobre su lomo, ya nadie lo detiene.
Tuesday, January 18, 2011
Sunday, August 08, 2010
Nota publicada en VR: Cuando sea grande quiero ser...
Soñar en la infancia, no sólo está permitido, sino que hasta es obligatorio. Si te atrevés a soñar cuando sos chico, si crees realmente en tus sueños, ya tenés la mitad de las herramientas necesarias para afrontar las dificultades que se te vienen después. Con respecto a la vocación, los sueños se manifiestan de muy variadas maneras en los niños. Ninguno pudo eludir la pregunta ¿Qué querés ser cuando seas grande? Todos tuvimos que dar cuenta de ello, pero cada uno con su estilo…
En 1948 Truman Capote dejó boquiabierto a todos con su primera novela Otras voces, otros ámbitos. Los críticos y el público en general estaban sorprendidos por el talento y la precocidad de ese joven de apenas 23 años. Claro que todo el mundo estaba sorprendido, menos Truman: él sabía que ese talento no había nacido de la nada, se había empezado a forjar desde hacía más de diez años, a fuerza de trabajo, como diría Arlt, y de trabajo duro y constante. Hay gente que siempre la tuvo clara. Pero esa claridad puede provenir de lugares muy diferentes. A veces nace de la suerte (como por ejemplo, que hayas nacido en una casa con un piano y te haya copado tocarlo), a veces del amor (por querer ser como tu papá, tu mamá, o algún familiar o conocido que hayas admirado mucho en tu infancia) y otras del dolor (como es el caso de Truman, que comenzó a escribir para mitigar un poco el aislamiento).
Saturday, April 03, 2010
es el golpe?
¿del que lo recibe o
del que lo da?
es el golpe
en el pecho, en la cara
pero más que
nada, en el fondo
es el golpe
que viene
con el tiempo, el sonido
estallido de palabras
locas, libres
todas
ya casi olvidadas
que casi
no duele
el golpe
cuando llega
llega
con el recuerdo
del frío
una imagen atroz, tan
feliz y clara
como la suerte
Wednesday, December 16, 2009
Sunday, December 13, 2009
Mañanas filosóficas
Las bestias
Me miró de reojo sin dejar de comer. Vi que le colgaba un pedazo de carne cuando intentó decirme algo con unos ruidos extraños. Supuse que estaba molesto. Seguramente porque lo estaba mirando. Después eructó, se limpió las manos llenas de grasa con la cortina y se fue a acostar al living.
Se quejó durante horas. Primero con pequeños aullidos, luego con gritos desesperados. Finalmente oí caer una lágrima. Una sola, pero tan pesada que hasta el piso del lugar en donde duermo, que está en la otra punta de la casa, tembló por su impacto.
Al otro día llegué más tarde a casa y él ya estaba quejándose. Esta vez no lloró. Cuando se cansó de gritar tiró el centro de mesa contra una pared. Así pasaron meses. Años. Cansada de tanto griterío, una noche decidí dejar abierta la puerta del lugar en donde duermo.
Sangré un poco por los vidrios de los vasos que tiró. Pudimos dormir bien. Nadie gritó esa noche. A la mañana ya se había ido y no pude parar de llorar. Nunca más.
Cuando me preguntan por qué lloro les digo que es porque me duele la cabeza. Y me creen, obvio.
Saturday, December 05, 2009
Quisiera ser tan sabia como una abeja alterada, vivir de trabajar y bailar para la muerte, clavarle mi aguijón a un nene de tres años y que de joven aprenda a tocar el barro.
Quisiera ser tan linda como una bola de arena, estallar en la mano de un veraneante aburrido, volverme incontable para las olas que me llevan a algún lado porque no lo saben.
Sunday, November 08, 2009
1.
los domingos persigo el sol
entre aglomerados infernales
y miento en pos
de la virginidad sentimentalporque un sueño es más que
una promesa fluorescente,
un tobogán rojo
o un tornado
es llorar con los lobos
porque la luna engordó
tengo sed cuando estoy triste
y cuando estoy feliz me cuesta
mucho más convivir con esta ausencia
de sentido práctico
mi familia tendría que saber
que me la paso cogiendo
para morirme, claro,
pero con más lentitud
y si me vuelvo loca
para siempre, no va a ser
por amor, dolor, ni nada de eso
va a ser porque me olvidé
de contar
3.
voy a sentarme en el balcón
a sumarle hojas en blanco
a mis pensamientos diurnos
numerología de la nada
no estoy perdida,
sólo estoy enamorada de un chico
que me borró del messenger
Thursday, July 16, 2009
el niño bombero
a las seis ya estaba en los pies
de la cama de su madre y esperaba
durante unos minutos terribles
para él
e inútiles
nunca encontraba el momento
justo para interrumpir
el sueño de su madre
de su madre
claro
esperaba
como quien espera
quien
espera
siempre la misma costumbre
de tejer las mismas palabras
para otra cosa
por falta
de otra cosa y por estupidez
ahora
también espera en la cama
de una madre como esperaba
entrar en las baldosas y el aire
latigoso
como cuando esperaba entrar
en ese espacio violento
cuando jugaba a la soga
imposible pero entraba
creyendo interrumpir algo
siempre cerraba los ojos
llamaba decía ya es hora
ya pasó en realidad la hora
de olvidar el incendio
Thursday, July 09, 2009
ESTA EXTRAÑA INFLUENZA
Como siempre, cuando las cosas le tocan el culo a la clase media, la noticia se vuelve escándalo, y lo que es peor, se empiezan a escuchar por todas partes comentarios que reaniman el deseo de que se acelere la muerte del Sol y se coma a la Tierra entera hoy mismo.
“El virus lo inventaron unos científicos locos y perversos.”
Qué importa quién lo inventó. Si hubiese nacido espontáneamente tendría el mismo efecto. El gran dios lucro, al que la ciencia, la economía, la política y los “ciudadanos de bien” rinden culto, desde cuya Catedral, el Imperio, señala con el dedo a quién hacer como si no existiera, a quien exterminar sistemáticamente, a quien vendarle los ojos con cositas lindas para comprar y a quien darle armas para defender su reinado, ese dios sin rostro al que no desenmascaran los videitos en youtube de yankis hablando de los macabros planes de algunos científicos, ese es el culpable, y no es que no exista porque no se vea, está vivito y coleando en la mente de la gente con poder y también en la de aquellos que le dan poder a semejantes hijos de puta.
“Sólo los negros “de mente” se mueren, porque no van al hospital, porque no saben que hay un número de teléfono al que llamás y te mandan a un médico gratis a tu casa. Sí, te lo doy, pero no se lo pases a nadie, a ver si se congestiona la línea.”
Negros de mente obviamente no es necesario explicar que es un término aberrante nacido de la ignorancia de la gente que piensa, por ejemplo, que Susana Gimenez es una tarada, excepto cuando se pone a hablar de la seguridad. Los negros de mente no existen, pero sí existen millones de pobres, que es cierto que tienen más posibilidades de morir, pero no por su “mente”, sino por vivir muy lejos de un hospital, por no tener plata para un colectivo, por no poder faltar a su trabajo en negro, por estar mal alimentados y que una gripe simplona los fulmine, etc. Lo del número del ministerio de salud, ese que anda circulando por internet, es mentira. Dicen que si llamás te mandan a un médico a tu casa, que es totalmente gratuito y está disponible las 24 hs, pero si te comunicás sos atendido por una máquina que te da instrucciones para prevenir el contagio, sólo eso.
“Lo podrían haber prevenido, pero lo dejaron pasar por las elecciones.”
También pueden curar y prevenir el Chagas o la tuberculosis que matan a miles de personas en nuestro país desde hace muchísimos años. Pero como eso implica implementar políticas complejas para gente que no tiene plata les chupa un huevo, y ojo, no solamente al Gobierno: “Chagas, qué me importa si no vivo en una casa de barro”, “Tuberculosis, ja, como si tuviera ocasión de estar hacinado/a durante horas con gente explotada y mal alimentada”. Claro, me olvidaba que miles de personas pobres no valen siquiera una docena de personas con seguro médico y banda ancha.
¿Por qué la gripe porcina causa tanta indignación?
Porque es otra cosa.
Porque llegó a los subtes, a los taxis, a la oficina.
Porque ser profesional no te inmuniza.
Tuesday, June 30, 2009
El cubículo de altura
El suelo es de vidrio y el espejo verde. Siempre hay una mujer que dice “sí, vi a alguien subir en otra oportunidad”, pero ella es la primera vez que está ahí y se siente segura de que uno la acompañe.
El cubículo de altura tiene una palanca color acero y consistencia blanda. La mujer no se atreve a tocarla, como si no la conociera. No hay forma de indicar hasta dónde se quiere ir. “Como mucho -uno piensa- voy a llegar hasta el último piso -el catorce- y luego, por la escalera, voy a hasta el piso x”. Pero el cubículo de altura despabila esa ingenuidad.
En el piso quince empieza la desesperación, en el treinta ya no se piensa en nada y en el treinta y nueve el descenso es inminente.
Para bajar, el cubículo de altura desvía su ruta. Se sienten golpes contra el suelo. Es que el cubículo de altura se abre paso a través de los departamentos donde había gente comiendo, durmiendo, cogiendo o pensando en la muerte. Sólo los zapatos de esas personas mantienen una forma parecida a la que tenían antes del impacto.
Es un espectáculo desagradable, no en el momento, sino cuando, ya a salvo, el ruido de ese viaje vuelve a la memoria y con su retorno se siente un electroshock en las costillas.
Hay un hombre que habla desde algún lugar. Dice que es una corriente leve, que no mata a nadie, aunque a algunos sí. Es verdad que es leve, pero también es constante, insoportable, no para nunca, y después de tres o cuatro años no queda otra alternativa que subir hasta el piso catorce, esta vez por la escalera, y recibir un sobre numerado entre el quince y el cuarenta. Adentro hay una llave. Uno debe probar a cuál de los departamentos del piso indicado corresponde y, ya en casa, todo se mezcla o se olvida.
Sunday, May 24, 2009
Camino a casa
Apenas si puedo pensar. Apenas si puedo hablar. Ellas compran la nafta del auto con el que ahora me llevan a mi casa, me pagan las vacaciones, me lavan la ropa, me regalan comida para toda la semana. Lo hacen porque me quieren. Y saben que aunque esto no me haga feliz, ayuda para algo. Sus nucas, perfectas, casi que hipnotizan. Son las dos hermosas. Silvia se altera. Sus compañeros deben odiarla. Y mamá sigue hablando. No se detiene. Habla con gente que no conozco. Hasta cuando me habla a mí y me llama incluso por mi nombre, no es a mí a quien habla. Si dejaran de cuidarme la vida de los tres funcionaría mejor. Mejor, quiero decir, más naturalmente. Pero no puedo decirles que paren. Tengo miedo a que por fin perdamos nuestras máscaras. Nos dejan pasar sin pagar el peaje. No preguntamos por qué. No preguntamos nada. Silvia se arranca los pelos, de a uno. Nadie se da cuenta de que está loca, lo hace muy lentamente. Si fuese por mí ya me habrían comido los piojos. En eso tienen razón. Y las quiero más cuando tienen razón. Las quiero tanto que hasta a veces se los digo. Un día, muy triste, les escribí una carta a cada una y las pasé por debajo de la puerta. Les escribí cosas horribles, de borracho. Me arrepentí enseguida, pero no tenía llaves para entrar y era muy tarde para tocar el timbre. Nunca me dijeron nada y cada vez que me traen a casa, que estamos los tres solos, tengo miedo de que saquen el tema. Ahora mamá se alegra de que haya abandonado a Laura. No es cierto, lo sabemos, pero preferimos creer que fue así. A Laura sí que no la quería. Si mamá supiera lo que decía, pero yo no puedo repetir esas cosas. No puedo pensar. Apenas si puedo responder gracias, gracias. Hace mucho tiempo que no veo un animal muerto en la autopista.
Tuesday, May 19, 2009
Excursión
Allá. No cambió el color de la casa. O quizás sí. Seguramente. El color original debió ser otro. Pero por aquel entonces la casa tenía ese color verde acuoso también. Estaba parado en el umbral y yo ahí, acá, debajo de un árbol flaco que había. ¿Qué hacía debajo del árbol? Miraba. Nada en especial. La casa, a Suárez, el cielo despejado. Era enorme. Enorme y pesado. Pensé en la posibilidad de que las maderas del piso se quebraran y Suárez se rompira una pierna. No es mucha la elevación, ya sé, pero pensé eso. La casa está igual y me sorprende. Tendría que haberse caído ya, ¿no? Suárez tenía algo rojo y zapatillas de básquet. Durante casi un mes no tuvimos noticias de él y cuando volvió, los demás decían que estaba muy distinto, que ya no iba a ser el mismo. Solemos hacer esas sentencias, como si supiéramos qué va a pasar más adelante. ¿Y adelante qué hay? Yo pensé que iba tener que describirte toda la casa y ya ves, no es necesario, todavía está ahí. Por suerte. No sé cómo hubiese hecho para describírtela. ¿Cuántas veces nombramos las partes de una casa? Las de afuera digo, porque las partes de adentro las nombramos todo el tiempo, es más, te las podría decir en varios idiomas, no porque maneje varios idiomas, pero quién no sabe eso. Es muy común. En cambio las fachadas, ya casi no las tenemos en cuenta. No sé el nombre de esa parte, ¿ves?, ahí. Ni esas cosas que cuelgan, esas de hierro. Y tampoco sé como se llama lo que sobresale a la izquierda, ahí arriba. Es más, te digo umbral, pero podría ser otra cosa. ¿Ves?, ahí estaba parado Suárez. Sí, vayamos más atrás. Entonces volvió y los otros casi no lo reconocieron. Para mí, la verdad, no había cambiado. Ya sé que estarás pensando que es porque soy como soy. De cualquier manera, te sigo contando. Estábamos todos afuera. Trabajábamos afuera desde hacía muchísimo tiempo por miedo a que se nos cayera encima la casa. Lo que hacía Suárez era llamar a los deudores. Prendía el celular recién cuando veía venir al jefe. Lo veíamos venir como media hora antes, así que cuando finalmente llegaba, Suárez ya había terminado su trabajo. No tenía una lista de deudores, sabía sus deudas de memoria y cuando los llamaba respondían siempre lo mismo: “Por ahora no”. El viaje, sí, es larguísimo. Yo casi siempre terminaba durmiendo ahí, me fatigaba mucho ir y venir todo el tiempo. Suárez, en cambio, era diferente. Tenía un cuerpo muy vigoroso como para quedarse postrado debajo de un árbol, como hacía yo, y además no le gustaba jugar con los otros al fútbol en la cancha improvisada que estaba allá, en donde está esa montaña de monitores. Era muy normal, entonces, verlo correr alrededor de la casa. El umbral, claro. El día que Suárez volvió al trabajo le mandó al jefe el certificado médico por mail, en donde se decía que Suárez padecía una rara enfermedad nerviosa y, sin previo aviso, golpeaba todo lo que tuviera a su alcance, especialmente a personas y perros, pero ahora, gracias a la medicación, se encontraba totalmente controlado y podía reiniciar sus actividades. Al otro día, cuando vimos venir al jefe, Suárez no se puso a ser los llamados, se quedó en el umbral. Yo también noté algo raro en la manera de caminar del jefe. Cuando llegó, se paró frente a Suárez, sin subir los escalones, y le dijo que se alegraba de volver a verlo. Luego subió, le extendió la mano y le dijo amablemente que le hiciera el favor de guardar el certificado en su legajo. Era, claramente, una provocación. Jamás presencié nada igual. Así que lo que siguió no fue ninguna sorpresa, cualquier cosa podía pasar ya. El miedo hizo que me perdiera algo. El jefe entró a la casa. Algo pasó que el jefe se animó a entrar a esa casa. Habrá creído que así, tal vez… la cuestión es que entró y cerró la puerta. Entonces Suárez la rompe con una sola mano, de un solo golpe creo, y saca al jefe por el agujero astillado, que ahora está tapado, no podés verlo, pero no era más grande que esto.
Sunday, May 17, 2009
Stand Up
Con dos pesos con sesenta
me compro los lucky,
con diez la comida y con veinte
la tarjeta de la comunidad.
Poderosos insectos
Acecho
arriba,
en un rincón de la cama,
a la pulga que no quiere
subir, y espero
debajo
del ventilador de techo
al mosquito que los hombres
ya hubiesen querido
aplastar.
El espacio oral
Contable, frívolo
parloteo que vuelve
como un animal roto,
buscando el rincón
donde reventar.
Amor profundo
Quiero cortarle la pija a todos,
no tener que hablar más de pijas
y que se adornen el agujero con un gato
muerto
sabiamente.
Sunday, December 14, 2008
Tupperdumb
Cuando se empezó a notar decidí volverme más callado Y me acostumbré a no hablar. El halo de misterio que generaba en los nuevos me gustaba. Claro que los compañeros que me conocían de antes no pensaban que era misterioso, ni reservado, no. Pensaban que estaba deprimido. También especulaban con que me había vuelto alcohólico. Lo escuché a Jorge diciéndoselo a Horacio mientras meaban. Yo estaba sentado en el inodoro, echándome mi siesta diaria. Siesta es una forma de decir. Nunca me dormía. Pero al menos cerraba los ojos por quince minutos y pensaba en cosas, cosas mías. Con los ojos cerrados pienso mejor. No mejor. En realidad pienso igual que con los ojos abiertos. Pero cuando los cierro es como que las cosas se fijan más. Es eso.
El rumor de mi supuesto alcoholismo se expandió en toda la empresa. Los nuevos dejaron de verme misterioso en poco tiempo. O no tan poco. El tiempo pasa tan rápido. Yo me daba cuenta. Cuando me saludaban respiraban hondo. Querían olerme. Y debían oler ¿no? Si uno va predispuesto a encontrarse con algo, pienso, y no hay nada, lo inventa, ¿no? Hacían apuestas. Whisky. Vino. “Para mí que del berreta”, decía Horacio. No es que estas cosas las hablasen abiertamente, yo los oía de lejos. En una de mis siestas me di cuenta de que debían pensar que además de mudo, me había vuelto un poco sordo también. Generalmente los sordos no hablan porque no se escuchan. Pero los mudos… ¿no?, oyen lo mismo. Igual no soy mudo. Dejé de hablar nada más para que no se note. Con qué me emborrachaba seguía siendo un misterio.
Llegó Fernando un día. No estuvo mucho tiempo. Unos años. Era raro. Contaba que tenía muchos amigos virtuales. En esa época no era muy normal. Jugaban a un juego de estrategia. Había equipos. Compraban armas. Tenían misiones. Debía ser muy inteligente Fernando. No sé. Debía pensar mucho seguro. Cuando trabajaba no hablaba, pero en el almuerzo sí.
Como casi todos, creo, los que están heridos por algo que no saben bien, le gustaba leer. The fire next time, de James Baldwin. Leía en inglés. Horacio vino un día hasta mi escritorio con el libro de Fernando en la mano. “Che, Tupperdumb, vos que pasaste por Letras, ¿lo conocés a éste?”. Asentí con la cabeza. “Qué lo vas a conocer. Vos mentís mucho Tupperdumb, se te nota en los ojos. Es más, no creo que hayas terminado ni el secundario, si sos un nabo. Así no te va a ir bien”. Me decían Tupperdumb porque siempre llevaba comida de casa en un tupper: arroz, ensaladas, cosas que tuviese que masticar lo menos posible. Y también porque no hablaba.
Salía con una chica. Nacha. Hace mucho tiempo. No sé que me veía. Ella estudiaba arquitectura y tenía una biblioteca enorme. Era una habitación entera llena de libros hasta el techo. Eran libros de la familia. Estaban ordenados por temas. La sección de arte era la mejor. “A mi no me gusta leer ficción” me contó una vez. “Si es todo mentira, ¿no?, ¿para qué perder el tiempo con cosas que no existen?”. Igual que la biblioteca, creo que ese pensamiento lo había heredado. La sección de literatura era la más pobre. Yo sabía que pronto íbamos a separarnos. Que iba a pasar el invierno. Iba a llegar el verano. Tan rápido. Se iba a ir a un lugar lindo para las vacaciones. “¿Te gusta ese?”, me preguntó. Otro país. Lo había sacado del estante porque me pareció un libro muy viejo. Estaba todo ajado y con las hojas quebradizas. No era tan viejo en realidad. Debió estar a la intemperie. O en un lugar con mucha humedad. “Te lo regalo”. Y así conocí a James Baldwin. Estaba dedicado a Eduardo. Le pregunté a Nacha quién era, pero ella me dijo que no sabía.
Era un poco triste Nacha. Le gustaba leer filosofía. Me quedaba horas escuchándola hablar del tiempo, de la memoria, de la fe. Antes de que llegase el verano me contó una película que vio. Seguro que con su novio. Era una película oriental. Cuando la gente se moría quedaba en una instancia indefinida. Las almas tenían que irse con un recuerdo, y si todavía no sabían con que recuerdo irse, permanecían en una especie de limbo hasta elegir uno. “Yo elegiría una foto que no existe en realidad”, me dijo. “Una foto en la que están todos posando como una gran familia, todos los que fueron importantes para mí”. Cuando me dejó en casa, antes de que baje del auto me besó y después me dijo “vos estarías en la foto”.
La traducción de Otro país era muy mala me contó Fernando unos días después de devolvérmelo. A mí me parecía raro que Rufus recordara que cuando era chico su hermano montaba a caballo. Si no había salido de Harlem. ¿En dónde montaba a caballo? Fernando me aclaró el asunto. En realidad lo que recordaba Rufus era cómo el hermano se inyectaba. Qué boludo. Y después en otra parte del libro se hablaba de un chico alegre y yo pensaba “¿alegre?, si está hecho pedazos este pibe”, pero claro, en realidad el autor lo que estaba diciendo es que era un chico gay. Estuve buscando ese libro en vano. No sé en donde quedó. Era lo único que tenía de Nacha. Con Fernando hablaba por chat a la noche. Después de comer iba al locutorio y me quedaba hasta tarde. Aldana empezó a pensar también que yo era alcohólico. Su aversión hacia mí fue creciendo lentamente, hasta que un día me dijo que tenía que irse porque, si no, creía que iba a terminar matándome de tanto que me odiaba.
Jorge también me odiaba. Y hacía bien. Nunca traté de comprenderlo. No me iba ni me venía. Era de esas personas que necesitan encontrarles los puntos flojos a los otros. De los que les gusta escarbar y clavar el dedo justo ahí, donde más duele. Yo le daba bronca porque mis puntos estaban muy al alcance de todos. Horacio era su amigo, iban a pescar juntos. Horacio era inseguro, pero cuando estaba cerca de Jorge se sentía mejor. Se burlaba de los otros. Era más despiadado que Jorge, pero en el fondo creo que era más bueno. No sentía placer cuando se burlaba. Lo hacía sólo para que Jorge lo acepte.
Comimos todos juntos el último día que Fernando trabajó en la oficina. Hicimos un brindis y Fernando habló. Nos agradeció a todos por haberlo hecho sentir tan bien durante todo ese tiempo, por nuestro compañerismo. “¿Querés más?” le dijo Mario, después, ofreciéndole un pedazo de torta. “No, ya me satisfizo”. Horacio largó una carcajada. “Satisfizo no, bestia. Se dice satisfació”. Casi hablo. Pero no podía. Fernando se fue y lo borré del chat. No sé por qué. Pasó mucho tiempo. Yo no le tenía ningún aprecio a Fernando. Sentía algo parecido a lo que Jorge sentía por mí. Me daba bronca. Me daba bronca que no se diera cuenta de que todos lo despreciaban, de que le daba asco a la gente. Me daba envidia. Cuando me echaron no hubo almuerzo de despedida. Al día siguiente, al ver mi escritorio vacío, se habrán enterado. Le dejé una nota a Horacio que decía “tenías razón, es del berreta”.
Por suerte, en todos estos años, nadie supo que yo, igual que Fernando, tenía los dientes podridos. Tendría que haber pedido una mañana, un rato de una mañana, cuando me empezó a doler. Pero cuando me empezó a doler ya habían pasado más de diez años, y la verdad es que me daba vergüenza decir que todavía no había hecho el trámite de la obra social.
Saturday, November 29, 2008
Thursday, November 13, 2008
me veía salir del agua
la luz era verde y un poco amarilla
avanzaba en cámara lenta
sobre la pantalla de los bordes
doblados
cuando quedé fuera del plano
un hombre con cicatrices en el
intestino
me regaló un ramo de libros
capullo
busqué en un florero lleno
de tallarines deshidratados
una idea ambiciosa
y cada vez
más atrás, vi la arena que crecía
como pasto
Thursday, October 02, 2008
a mí también me da asco,
encima estoy triste, así que
aunque no me rascara
cogeríamos sin ganas
igual.
Si no te molesta
atarme,
te pido que lo hagas
ya. Estoy furiosa,
tan hecha mierda,
que no quiero
estar sola,
me muero
si se me borra la cara
en el hall,
o enloquezco
cuando voy por la vereda,
ni hablar si me acostumbro
a reírme en la esquina.
Una correa bien gruesa,
y listo, yo me dejo,
no te asustes,
que los jardines me gustan,
además no sabría cómo
dormir adentro.

