Sunday, November 08, 2009

1.

los domingos persigo el sol

entre aglomerados infernales

y miento en pos

de la virginidad sentimental


porque un sueño es más que

una promesa fluorescente,

un tobogán rojo

o un tornado


es llorar con los lobos

porque la luna engordó


2.

tengo sed cuando estoy triste

y cuando estoy feliz me cuesta

mucho más convivir con esta ausencia

de sentido práctico


mi familia tendría que saber

que me la paso cogiendo

para morirme, claro,

pero con más lentitud


y si me vuelvo loca

para siempre, no va a ser

por amor, dolor, ni nada de eso


va a ser porque me olvidé

de contar


3.

voy a sentarme en el balcón

a sumarle hojas en blanco

a mis pensamientos diurnos


numerología de la nada


no estoy perdida,

sólo estoy enamorada de un chico

que me borró del messenger

Thursday, July 16, 2009

el niño bombero

a las seis ya estaba en los pies

de la cama de su madre y esperaba

durante unos minutos terribles

para él

e inútiles

nunca encontraba el momento

justo para interrumpir

el sueño de su madre

de su madre

claro

esperaba

como quien espera

quien

espera

siempre la misma costumbre

de tejer las mismas palabras

para otra cosa

por falta

de otra cosa y por estupidez

ahora

también espera en la cama

de una madre como esperaba

entrar en las baldosas y el aire

latigoso

como cuando esperaba entrar

en ese espacio violento

cuando jugaba a la soga

imposible pero entraba

creyendo interrumpir algo

siempre cerraba los ojos

llamaba decía ya es hora

ya pasó en realidad la hora

de olvidar el incendio

Thursday, July 09, 2009

ESTA EXTRAÑA INFLUENZA

Como siempre, cuando las cosas le tocan el culo a la clase media, la noticia se vuelve escándalo, y lo que es peor, se empiezan a escuchar por todas partes comentarios que reaniman el deseo de que se acelere la muerte del Sol y se coma a la Tierra entera hoy mismo.

“El virus lo inventaron unos científicos locos y perversos.”

Qué importa quién lo inventó. Si hubiese nacido espontáneamente tendría el mismo efecto. El gran dios lucro, al que la ciencia, la economía, la política y los “ciudadanos de bien” rinden culto, desde cuya Catedral, el Imperio, señala con el dedo a quién hacer como si no existiera, a quien exterminar sistemáticamente, a quien vendarle los ojos con cositas lindas para comprar y a quien darle armas para defender su reinado, ese dios sin rostro al que no desenmascaran los videitos en youtube de yankis hablando de los macabros planes de algunos científicos, ese es el culpable, y no es que no exista porque no se vea, está vivito y coleando en la mente de la gente con poder y también en la de aquellos que le dan poder a semejantes hijos de puta.

“Sólo los negros “de mente” se mueren, porque no van al hospital, porque no saben que hay un número de teléfono al que llamás y te mandan a un médico gratis a tu casa. Sí, te lo doy, pero no se lo pases a nadie, a ver si se congestiona la línea.”

Negros de mente obviamente no es necesario explicar que es un término aberrante nacido de la ignorancia de la gente que piensa, por ejemplo, que Susana Gimenez es una tarada, excepto cuando se pone a hablar de la seguridad. Los negros de mente no existen, pero sí existen millones de pobres, que es cierto que tienen más posibilidades de morir, pero no por su “mente”, sino por vivir muy lejos de un hospital, por no tener plata para un colectivo, por no poder faltar a su trabajo en negro, por estar mal alimentados y que una gripe simplona los fulmine, etc. Lo del número del ministerio de salud, ese que anda circulando por internet, es mentira. Dicen que si llamás te mandan a un médico a tu casa, que es totalmente gratuito y está disponible las 24 hs, pero si te comunicás sos atendido por una máquina que te da instrucciones para prevenir el contagio, sólo eso.

“Lo podrían haber prevenido, pero lo dejaron pasar por las elecciones.”

También pueden curar y prevenir el Chagas o la tuberculosis que matan a miles de personas en nuestro país desde hace muchísimos años. Pero como eso implica implementar políticas complejas para gente que no tiene plata les chupa un huevo, y ojo, no solamente al Gobierno: “Chagas, qué me importa si no vivo en una casa de barro”, “Tuberculosis, ja, como si tuviera ocasión de estar hacinado/a durante horas con gente explotada y mal alimentada”. Claro, me olvidaba que miles de personas pobres no valen siquiera una docena de personas con seguro médico y banda ancha.

¿Por qué la gripe porcina causa tanta indignación?

Porque es otra cosa.

Porque llegó a los subtes, a los taxis, a la oficina.

Porque ser profesional no te inmuniza.

Tuesday, June 30, 2009

El cubículo de altura

El suelo es de vidrio y el espejo verde. Siempre hay una mujer que dice “sí, vi a alguien subir en otra oportunidad”, pero ella es la primera vez que está ahí y se siente segura de que uno la acompañe.

El cubículo de altura tiene una palanca color acero y consistencia blanda. La mujer no se atreve a tocarla, como si no la conociera. No hay forma de indicar hasta dónde se quiere ir. “Como mucho -uno piensa- voy a llegar hasta el último piso -el catorce- y luego, por la escalera, voy a hasta el piso x”. Pero el cubículo de altura despabila esa ingenuidad.

En el piso quince empieza la desesperación, en el treinta ya no se piensa en nada y en el treinta y nueve el descenso es inminente.

Para bajar, el cubículo de altura desvía su ruta. Se sienten golpes contra el suelo. Es que el cubículo de altura se abre paso a través de los departamentos donde había gente comiendo, durmiendo, cogiendo o pensando en la muerte. Sólo los zapatos de esas personas mantienen una forma parecida a la que tenían antes del impacto.

Es un espectáculo desagradable, no en el momento, sino cuando, ya a salvo, el ruido de ese viaje vuelve a la memoria y con su retorno se siente un electroshock en las costillas.

Hay un hombre que habla desde algún lugar. Dice que es una corriente leve, que no mata a nadie, aunque a algunos sí. Es verdad que es leve, pero también es constante, insoportable, no para nunca, y después de tres o cuatro años no queda otra alternativa que subir hasta el piso catorce, esta vez por la escalera, y recibir un sobre numerado entre el quince y el cuarenta. Adentro hay una llave. Uno debe probar a cuál de los departamentos del piso indicado corresponde y, ya en casa, todo se mezcla o se olvida.

Sunday, May 24, 2009

Camino a casa

Apenas si puedo pensar. Apenas si puedo hablar. Ellas compran la nafta del auto con el que ahora me llevan a mi casa, me pagan las vacaciones, me lavan la ropa, me regalan comida para toda la semana. Lo hacen porque me quieren. Y saben que aunque esto no me haga feliz, ayuda para algo. Sus nucas, perfectas, casi que hipnotizan. Son las dos hermosas. Silvia se altera. Sus compañeros deben odiarla. Y mamá sigue hablando. No se detiene. Habla con gente que no conozco. Hasta cuando me habla a mí y me llama incluso por mi nombre, no es a mí a quien habla. Si dejaran de cuidarme la vida de los tres funcionaría mejor. Mejor, quiero decir, más naturalmente. Pero no puedo decirles que paren. Tengo miedo a que por fin perdamos nuestras máscaras. Nos dejan pasar sin pagar el peaje. No preguntamos por qué. No preguntamos nada. Silvia se arranca los pelos, de a uno. Nadie se da cuenta de que está loca, lo hace muy lentamente. Si fuese por mí ya me habrían comido los piojos. En eso tienen razón. Y las quiero más cuando tienen razón. Las quiero tanto que hasta a veces se los digo. Un día, muy triste, les escribí una carta a cada una y las pasé por debajo de la puerta. Les escribí cosas horribles, de borracho. Me arrepentí enseguida, pero no tenía llaves para entrar y era muy tarde para tocar el timbre. Nunca me dijeron nada y cada vez que me traen a casa, que estamos los tres solos, tengo miedo de que saquen el tema. Ahora mamá se alegra de que haya abandonado a Laura. No es cierto, lo sabemos, pero preferimos creer que fue así. A Laura sí que no la quería. Si mamá supiera lo que decía, pero yo no puedo repetir esas cosas. No puedo pensar. Apenas si puedo responder gracias, gracias. Hace mucho tiempo que no veo un animal muerto en la autopista.

Tuesday, May 19, 2009

Excursión

Allá. No cambió el color de la casa. O quizás sí. Seguramente. El color original debió ser otro. Pero por aquel entonces la casa tenía ese color verde acuoso también. Estaba parado en el umbral y yo ahí, acá, debajo de un árbol flaco que había. ¿Qué hacía debajo del árbol? Miraba. Nada en especial. La casa, a Suárez, el cielo despejado. Era enorme. Enorme y pesado. Pensé en la posibilidad de que las maderas del piso se quebraran y Suárez se rompira una pierna. No es mucha la elevación, ya sé, pero pensé eso. La casa está igual y me sorprende. Tendría que haberse caído ya, ¿no? Suárez tenía algo rojo y zapatillas de básquet. Durante casi un mes no tuvimos noticias de él y cuando volvió, los demás decían que estaba muy distinto, que ya no iba a ser el mismo. Solemos hacer esas sentencias, como si supiéramos qué va a pasar más adelante. ¿Y adelante qué hay? Yo pensé que iba tener que describirte toda la casa y ya ves, no es necesario, todavía está ahí. Por suerte. No sé cómo hubiese hecho para describírtela. ¿Cuántas veces nombramos las partes de una casa? Las de afuera digo, porque las partes de adentro las nombramos todo el tiempo, es más, te las podría decir en varios idiomas, no porque maneje varios idiomas, pero quién no sabe eso. Es muy común. En cambio las fachadas, ya casi no las tenemos en cuenta. No sé el nombre de esa parte, ¿ves?, ahí. Ni esas cosas que cuelgan, esas de hierro. Y tampoco sé como se llama lo que sobresale a la izquierda, ahí arriba. Es más, te digo umbral, pero podría ser otra cosa. ¿Ves?, ahí estaba parado Suárez. Sí, vayamos más atrás. Entonces volvió y los otros casi no lo reconocieron. Para mí, la verdad, no había cambiado. Ya sé que estarás pensando que es porque soy como soy. De cualquier manera, te sigo contando. Estábamos todos afuera. Trabajábamos afuera desde hacía muchísimo tiempo por miedo a que se nos cayera encima la casa. Lo que hacía Suárez era llamar a los deudores. Prendía el celular recién cuando veía venir al jefe. Lo veíamos venir como media hora antes, así que cuando finalmente llegaba, Suárez ya había terminado su trabajo. No tenía una lista de deudores, sabía sus deudas de memoria y cuando los llamaba respondían siempre lo mismo: “Por ahora no”. El viaje, sí, es larguísimo. Yo casi siempre terminaba durmiendo ahí, me fatigaba mucho ir y venir todo el tiempo. Suárez, en cambio, era diferente. Tenía un cuerpo muy vigoroso como para quedarse postrado debajo de un árbol, como hacía yo, y además no le gustaba jugar con los otros al fútbol en la cancha improvisada que estaba allá, en donde está esa montaña de monitores. Era muy normal, entonces, verlo correr alrededor de la casa. El umbral, claro. El día que Suárez volvió al trabajo le mandó al jefe el certificado médico por mail, en donde se decía que Suárez padecía una rara enfermedad nerviosa y, sin previo aviso, golpeaba todo lo que tuviera a su alcance, especialmente a personas y perros, pero ahora, gracias a la medicación, se encontraba totalmente controlado y podía reiniciar sus actividades. Al otro día, cuando vimos venir al jefe, Suárez no se puso a ser los llamados, se quedó en el umbral. Yo también noté algo raro en la manera de caminar del jefe. Cuando llegó, se paró frente a Suárez, sin subir los escalones, y le dijo que se alegraba de volver a verlo. Luego subió, le extendió la mano y le dijo amablemente que le hiciera el favor de guardar el certificado en su legajo. Era, claramente, una provocación. Jamás presencié nada igual. Así que lo que siguió no fue ninguna sorpresa, cualquier cosa podía pasar ya. El miedo hizo que me perdiera algo. El jefe entró a la casa. Algo pasó que el jefe se animó a entrar a esa casa. Habrá creído que así, tal vez… la cuestión es que entró y cerró la puerta. Entonces Suárez la rompe con una sola mano, de un solo golpe creo, y saca al jefe por el agujero astillado, que ahora está tapado, no podés verlo, pero no era más grande que esto.




Sunday, May 17, 2009

Stand Up

Hechos
Con dos pesos con sesenta
me compro los lucky,
con diez la comida y con veinte
la tarjeta de la comunidad.

Poderosos insectos
Acecho
arriba,
en un rincón de la cama,
a la pulga que no quiere
subir, y espero
debajo
del ventilador de techo
al mosquito que los hombres
ya hubiesen querido
aplastar.

El espacio oral
Contable, frívolo
parloteo que vuelve
como un animal roto,
buscando el rincón
donde reventar.

Amor profundo
Quiero cortarle la pija a todos,
no tener que hablar más de pijas
y que se adornen el agujero con un gato
muerto
sabiamente.

Sunday, December 14, 2008

Tupperdumb

Falté solamente dos veces. Una fue cuando Aldana me dejó y la otra, ahora que lo pienso, fue porque sí. Tendría que haber pedido una mañana, un rato de una mañana. Es impresionante como pasa el tiempo. Pensé que en algún momento iba a pedir ese rato. Cuando me empezó a doler tendría que haberle dicho a Mario, “mañana vengo más tarde”. Tendría que haber mentido, inventado algo, no sé, hay tantas cosas que podría haber dicho. Mentir no me costaba nada.

Cuando se empezó a notar decidí volverme más callado Y me acostumbré a no hablar. El halo de misterio que generaba en los nuevos me gustaba. Claro que los compañeros que me conocían de antes no pensaban que era misterioso, ni reservado, no. Pensaban que estaba deprimido. También especulaban con que me había vuelto alcohólico. Lo escuché a Jorge diciéndoselo a Horacio mientras meaban. Yo estaba sentado en el inodoro, echándome mi siesta diaria. Siesta es una forma de decir. Nunca me dormía. Pero al menos cerraba los ojos por quince minutos y pensaba en cosas, cosas mías. Con los ojos cerrados pienso mejor. No mejor. En realidad pienso igual que con los ojos abiertos. Pero cuando los cierro es como que las cosas se fijan más. Es eso.

El rumor de mi supuesto alcoholismo se expandió en toda la empresa. Los nuevos dejaron de verme misterioso en poco tiempo. O no tan poco. El tiempo pasa tan rápido. Yo me daba cuenta. Cuando me saludaban respiraban hondo. Querían olerme. Y debían oler ¿no? Si uno va predispuesto a encontrarse con algo, pienso, y no hay nada, lo inventa, ¿no? Hacían apuestas. Whisky. Vino. “Para mí que del berreta”, decía Horacio. No es que estas cosas las hablasen abiertamente, yo los oía de lejos. En una de mis siestas me di cuenta de que debían pensar que además de mudo, me había vuelto un poco sordo también. Generalmente los sordos no hablan porque no se escuchan. Pero los mudos… ¿no?, oyen lo mismo. Igual no soy mudo. Dejé de hablar nada más para que no se note. Con qué me emborrachaba seguía siendo un misterio.

Llegó Fernando un día. No estuvo mucho tiempo. Unos años. Era raro. Contaba que tenía muchos amigos virtuales. En esa época no era muy normal. Jugaban a un juego de estrategia. Había equipos. Compraban armas. Tenían misiones. Debía ser muy inteligente Fernando. No sé. Debía pensar mucho seguro. Cuando trabajaba no hablaba, pero en el almuerzo sí.

Como casi todos, creo, los que están heridos por algo que no saben bien, le gustaba leer. The fire next time, de James Baldwin. Leía en inglés. Horacio vino un día hasta mi escritorio con el libro de Fernando en la mano. “Che, Tupperdumb, vos que pasaste por Letras, ¿lo conocés a éste?”. Asentí con la cabeza. “Qué lo vas a conocer. Vos mentís mucho Tupperdumb, se te nota en los ojos. Es más, no creo que hayas terminado ni el secundario, si sos un nabo. Así no te va a ir bien”. Me decían Tupperdumb porque siempre llevaba comida de casa en un tupper: arroz, ensaladas, cosas que tuviese que masticar lo menos posible. Y también porque no hablaba.

Salía con una chica. Nacha. Hace mucho tiempo. No sé que me veía. Ella estudiaba arquitectura y tenía una biblioteca enorme. Era una habitación entera llena de libros hasta el techo. Eran libros de la familia. Estaban ordenados por temas. La sección de arte era la mejor. “A mi no me gusta leer ficción” me contó una vez. “Si es todo mentira, ¿no?, ¿para qué perder el tiempo con cosas que no existen?”. Igual que la biblioteca, creo que ese pensamiento lo había heredado. La sección de literatura era la más pobre. Yo sabía que pronto íbamos a separarnos. Que iba a pasar el invierno. Iba a llegar el verano. Tan rápido. Se iba a ir a un lugar lindo para las vacaciones. “¿Te gusta ese?”, me preguntó. Otro país. Lo había sacado del estante porque me pareció un libro muy viejo. Estaba todo ajado y con las hojas quebradizas. No era tan viejo en realidad. Debió estar a la intemperie. O en un lugar con mucha humedad. “Te lo regalo”. Y así conocí a James Baldwin. Estaba dedicado a Eduardo. Le pregunté a Nacha quién era, pero ella me dijo que no sabía.

Era un poco triste Nacha. Le gustaba leer filosofía. Me quedaba horas escuchándola hablar del tiempo, de la memoria, de la fe. Antes de que llegase el verano me contó una película que vio. Seguro que con su novio. Era una película oriental. Cuando la gente se moría quedaba en una instancia indefinida. Las almas tenían que irse con un recuerdo, y si todavía no sabían con que recuerdo irse, permanecían en una especie de limbo hasta elegir uno. “Yo elegiría una foto que no existe en realidad”, me dijo. “Una foto en la que están todos posando como una gran familia, todos los que fueron importantes para mí”. Cuando me dejó en casa, antes de que baje del auto me besó y después me dijo “vos estarías en la foto”.

La traducción de Otro país era muy mala me contó Fernando unos días después de devolvérmelo. A mí me parecía raro que Rufus recordara que cuando era chico su hermano montaba a caballo. Si no había salido de Harlem. ¿En dónde montaba a caballo? Fernando me aclaró el asunto. En realidad lo que recordaba Rufus era cómo el hermano se inyectaba. Qué boludo. Y después en otra parte del libro se hablaba de un chico alegre y yo pensaba “¿alegre?, si está hecho pedazos este pibe”, pero claro, en realidad el autor lo que estaba diciendo es que era un chico gay. Estuve buscando ese libro en vano. No sé en donde quedó. Era lo único que tenía de Nacha. Con Fernando hablaba por chat a la noche. Después de comer iba al locutorio y me quedaba hasta tarde. Aldana empezó a pensar también que yo era alcohólico. Su aversión hacia mí fue creciendo lentamente, hasta que un día me dijo que tenía que irse porque, si no, creía que iba a terminar matándome de tanto que me odiaba.

Jorge también me odiaba. Y hacía bien. Nunca traté de comprenderlo. No me iba ni me venía. Era de esas personas que necesitan encontrarles los puntos flojos a los otros. De los que les gusta escarbar y clavar el dedo justo ahí, donde más duele. Yo le daba bronca porque mis puntos estaban muy al alcance de todos. Horacio era su amigo, iban a pescar juntos. Horacio era inseguro, pero cuando estaba cerca de Jorge se sentía mejor. Se burlaba de los otros. Era más despiadado que Jorge, pero en el fondo creo que era más bueno. No sentía placer cuando se burlaba. Lo hacía sólo para que Jorge lo acepte.

Comimos todos juntos el último día que Fernando trabajó en la oficina. Hicimos un brindis y Fernando habló. Nos agradeció a todos por haberlo hecho sentir tan bien durante todo ese tiempo, por nuestro compañerismo. “¿Querés más?” le dijo Mario, después, ofreciéndole un pedazo de torta. “No, ya me satisfizo”. Horacio largó una carcajada. “Satisfizo no, bestia. Se dice satisfació”. Casi hablo. Pero no podía. Fernando se fue y lo borré del chat. No sé por qué. Pasó mucho tiempo. Yo no le tenía ningún aprecio a Fernando. Sentía algo parecido a lo que Jorge sentía por mí. Me daba bronca. Me daba bronca que no se diera cuenta de que todos lo despreciaban, de que le daba asco a la gente. Me daba envidia. Cuando me echaron no hubo almuerzo de despedida. Al día siguiente, al ver mi escritorio vacío, se habrán enterado. Le dejé una nota a Horacio que decía “tenías razón, es del berreta”.

Por suerte, en todos estos años, nadie supo que yo, igual que Fernando, tenía los dientes podridos. Tendría que haber pedido una mañana, un rato de una mañana, cuando me empezó a doler. Pero cuando me empezó a doler ya habían pasado más de diez años, y la verdad es que me daba vergüenza decir que todavía no había hecho el trámite de la obra social.

Saturday, November 29, 2008

monsieur papillon

Thursday, November 13, 2008

sentada en un sillón con el tapizado roto
me veía salir del agua

la luz era verde y un poco amarilla

avanzaba en cámara lenta
sobre la pantalla de los bordes
doblados

cuando quedé fuera del plano
un hombre con cicatrices en el
intestino
me regaló un ramo de libros
capullo

busqué en un florero lleno
de tallarines deshidratados
una idea ambiciosa

y cada vez
más atrás, vi la arena que crecía
como pasto

Thursday, October 02, 2008

La sarna es horrible,
a mí también me da asco,
encima estoy triste, así que
aunque no me rascara
cogeríamos sin ganas
igual.
Si no te molesta
atarme,
te pido que lo hagas
ya. Estoy furiosa,
tan hecha mierda,
que no quiero
estar sola,
me muero
si se me borra la cara
en el hall,
o enloquezco
cuando voy por la vereda,
ni hablar si me acostumbro
a reírme en la esquina.
Una correa bien gruesa,
y listo, yo me dejo,
no te asustes,
que los jardines me gustan,
además no sabría cómo
dormir adentro.

Monday, July 21, 2008

Lo que aparece lo veo, sólo si antes lo comparo con mis fantasmas. Hoy, por ejemplo, vi a mamá sentada en una mesa de Margot. Hablaba con otra señora. Las dos estaban vestidas de negro: blusas, sacos, carteras, medias. Me llamó la atención. Si alguna de las dos hubiese tenido una hebilla verde, o un tapado gris, no recordaría todos sus objetos, ni siquiera me hubiese fijado en sus carteras, menos aún en sus medias, pero buscando un color, fue que las observé por completo. Vi a la señora que hablaba con otra señora por algo tan simple como un par de botas. Mamá no usa botas. Y después vi las manos de esa señora, porque las de mamá son más delgadas y siempre tiene las uñas pintadas con un esmalte nacarado que me parece bastante feo. Dos señoras de negro hablaban y una fumaba. La otra tenía manos grandes, las uñas sin esmalte y un parecido tremendo a mamá. Me daba la espalda. Mientras hablaba giraba un poco la cabeza, y al tratar de descubrirle algún rasgo de su cara, pensé, creo, por primera vez, que reconozco mis manos por las manchitas blancas de las uñas y el lunar de la palma derecha. El abuelo me contó que una vez, mientras estaba dibujando, se cayó sobre su mano, de manera inexplicable, la enciclopedia que estaba en el estante amurado a la pared, justo arriba del escritorio, y se clavó la mina del lápiz. A los ochenta y nueve años todavía seguía teniendo un puntito oscuro en la palma. Yo también tengo un puntito ahí y nunca me clavé una mina de lápiz. ¿Se puede heredar la experiencia? ¿Puedo heredar un lunar a través de un relato? ¿Se dibujan en el cuerpo los recuerdos? ¿Somos algo así como un gran tatuaje de palabras siempre inconcluso? No sé, pero veo lo que creo: en fantasmas.

Monday, May 12, 2008

escucho a mi vecino
amenazar con irse
con matarse
con matar a todos

apoyo
la oreja en la persiana
(abrí el vidrio)
y lo escucho patear
botellas, el agua
de la pileta, a su mujer
decir que pare, que siempre
lo mismo

los hijos
que se despiertan
escucho
los ahogos
que no se puede

las botellas
escucho como
las patea, gritan
sin romperse
las escucho
escucho todo
adentro

y mi ex
que se parece tanto
a papá, en un mensaje
de texto
dice: volvamos

que pare
escucho
que siempre lo mismo
que pare
pará, pará

estúpida

Clarice Owen

Friday, May 02, 2008

Vuelven Los mudos

LOS ESPERO!




Friday, April 11, 2008

entré en mi habitación y el olor a cigarrillo
¿cómo podría decirlo?, ¿me envolvió?
no, ¿me inundó?, tan de golpe
como si la ventana de un submarino
se rompiera y, así, ¿cómo podría?

ese olor de los grandes
que fumaban y
también mi olor
mi grandeza tostada

¿cómo decir?
¿qué?

yo quería las cosas
que pasan en otro lado

Friday, March 28, 2008


Monday, February 18, 2008


Wednesday, January 16, 2008

Recuerdos de Seattle











Recuerdos de Seattle







Recuerdos de Seattle







Wednesday, December 26, 2007

mudanza

Pensar es irme, la forma más radical de irme (¿de dónde me voy, sino del tiempo común a todo?), la forma más perversa, porque en la ausencia añoro la destrucción de lo que queda, cuidando celosamente, que sea mío el último suplicio, el goce de lo último,

y para que el incendio sea evidente, dejo lo que no extraño,
mi inocente,

el que escribe la historia de mi respiración, de mi amor, de las cosas que cambian,

al que creo abandonar, pero es, él mismo, abandono anterior a cualquier deseo.

Tuesday, December 18, 2007

SALIÓ NO-RETORNABLE

y hay algo que escribí allí

(Dossiers: Consideraciones sobre la lectura)